Llegamos con Manu, mi hijo de cinco años, a la Sierra La Vigilancia para hacer fotos para la serie Rayanos. Las imágenes de Rayanos flotan entre la realidad y la poesía, entre la emoción y el asombro que nos provocan los paisajes naturales.

 A las once de la mañana salimos desde el refugio Álvaro Paredes y empezamos a subir por un sendero señalizado rumbo a la cima de la Sierra La Vigilancia.

 La Vigilancia se encuentra en el partido de Balcarce, a unos 40 km de Mar del Plata, por la Ruta 226. Esta sierra forma parte del sistema serrano conocido como Sistema de Tandilia.

 El día está soleado y cálido, una rareza en pleno junio. Vamos en remera y yo, con una sonrisa: estoy haciendo lo que más me gusta con una de las dos personitas que más amo en el mundo.

 Llevar a un niño a la montaña en este momento histórico —dominado por teléfonos celulares y un ritmo de vida hiperconectado— es un acto casi contracultural.

 Es una decisión consciente de ofrecerle otra forma de mirar, sentir y habitar el mundo. Significa desacelerar, alejarlo del scroll infinito y del consumo pasivo de estímulos para entrar en un tiempo más natural, donde las cosas no están "a un clic", sino que se descubren paso a paso.

 Volver al contacto directo con la tierra, el aire, el silencio, el esfuerzo físico, los sonidos auténticos, el olor del bosque.

 La montaña no tiene filtro: es lo que es.

 También es una forma de encender la atención plena. Cuando no hay pantallas, la mente se abre. Aparecen preguntas, juegos espontáneos, asombro por lo simple: una piedra, un insecto, una nube que cambia.

 Es una hora, a ritmo muy tranquilo, de caminata hasta la cima de La Vigilancia, que se eleva a 301 metros sobre el nivel del mar.

 En el inicio, estas sierras estaban unidas a lo que hoy es Sudáfrica. Ambas regiones formaban parte del antiguo supercontinente Gondwana, compartiendo las mismas rocas y la misma historia geológica.

 Con el tiempo, los continentes se separaron, pero las sierras de Tandilia y las formaciones sudafricanas aún encajan como piezas de un mismo rompecabezas.

 El explorador y residente local Pablo Pilotta me había contado que el nombre “La Vigilancia” no es casual ni moderno.

 Hay una historia transmitida de boca en boca que le da sentido. En los tiempos en que los caminos eran apenas huellas entre las sierras, este cerro alto servía como punto de observación estratégico de la Puerta del Abra, un paso natural entre las rocas.

 Quienes querían saber quién entraba o salía, subían hasta lo alto de la sierra, donde el horizonte se abría como un mapa y cualquier movimiento podía ser detectado desde las alturas.

 Por eso, dicen, se usaba como punto de control. Con el tiempo, el nombre quedó: La Vigilancia. No por casualidad, sino por función.

 Y aunque quizás no haya libros que lo confirmen, la tradición lo mantiene vivo.

 En un tiempo inimaginablemente remoto, hace más de 2.000 millones de años, se formó el basamento rocoso del sistema de Tandilia, uno de los más antiguos del planeta.

 Mucho después, hace más de 500 millones de años, esta zona fue el fondo de un mar poco profundo donde vivían algas y pequeños organismos, cuyas huellas quedaron grabadas en las rocas.

 Con el paso del tiempo, se depositaron capas de arenisca y ortocuarcita. El levantamiento de los Andes hizo que estas sierras emergieran y que el mar, que llegaba hasta la zona de Bolívar, se retirara hasta su ubicación actual.

 Ese movimiento también generó las grietas y fracturas, que muchas veces confundimos con cuevas.

 Cada paso hacia arriba me aleja de la rutina y me acerca más a ese estado donde me siento verdaderamente vivo y en paz.

 Manu sube jugando, preguntando todo, eligiendo ramas para usar de bastón.

 Hay una fuerza primitiva que nos impulsa a ascender, no por conquista, sino por intuición. Como si desde arriba nos aguardara una verdad que abajo permanece oculta.

 Cada paso es una pequeña renuncia al ego. La respiración se vuelve consciente y el entorno se integra al camino.

 Al mediodía alcanzamos la cima.

 El horizonte se despliega infinito, con una vista amplia y serena que abarca la región pampeana y el sistema de Tandilia hasta donde alcanza la mirada.

 Desde esta altura, es fácil imaginar por qué los primeros humanos exploraron estas tierras, siguiendo huellas, encendiendo fuegos y tejiendo sus vidas hace 10.000 años.

 Ahora, yo recorro este mismo suelo con mi cámara al hombro, buscando las mismas señales de pertenencia, historia y asombro que ellos descubrieron.

 Subir a La Vigilancia, como a cualquier cima, es una experiencia que trasciende el ejercicio físico y el turismo.

 Se convierte en una metáfora de la búsqueda interior: un impulso por ir más allá de lo conocido, elevarnos sobre lo cotidiano y ver el mundo —y a nosotros mismos— desde una nueva luz.

 Es el momento de unos mates amargos y unas porciones de pasta frola.

 La pasta frola me transporta en el tiempo, a cuando era niño. Esta exquisitez tiene su origen en la crostata italiana, una tarta de masa suave (frolla) y relleno de mermelada.

 Llegó a la Argentina con la inmigración italiana en el siglo XIX y se adaptó al gusto local con dulce de membrillo, convirtiéndose en un clásico de las meriendas y del mate.

 Hoy es un símbolo de lo casero, lo compartido y de la argentinidad.

 En esta época del año, el sol permanece bajo. Las sombras son largas y las sierras emergen como “islas de roca” en la llanura pampeana, destacándose por su singular belleza.

 Ahora estoy listo para capturar lo que no siempre se ve, pero que se siente profundamente.

 Para mí, la fotografía es una búsqueda de sentido, una construcción de un legado y una forma de habitar un territorio donde la magia todavía existe.

 Manu también hace algunos disparos, sobre todo de la vegetación de cumbre, que es baja y resistente: gramíneas, líquenes y pequeñas flores serranas que se aferran a la roca.

 Luego comenzamos el descenso al campamento base.

 Al final del recorrido, el contador marcaba 10.530 pasos. Habíamos recorrido 7,66 kilómetros en 144 minutos.

 En el campamento nos encontramos con Pablo Pilotta. Tenemos suerte: tiene tiempo y está conversador.

 Pablo nació en junio de 1973 en Olavarría, pero su vida tomó otro rumbo a los 7 años, cuando su familia se mudó a Mar del Plata.

 A los 14 años, escuchó por radio sobre un curso de supervivencia y escalada en roca dictado por ex comandos anfibios de Malvinas. Fue en ese momento que descubrió su pasión por la montaña.

 Desde entonces, dedicó su adolescencia al montañismo.

 En 1988 fue parte del nacimiento de la escuela de montañismo del CEF, donde, junto a otros entusiastas, construyó la primera palestra techada de Sudamérica.

 Aunque rudimentaria, les permitía entrenar durante la semana para ir los fines de semana a la sierra.

 —No me gustaba la noche ni los boliches. A alguna fiesta fui, pero más que nada para no parecer tan marciano —dice entre risas—. Mi vida era la montaña.

 Tras terminar la secundaria, se tomó un año sabático para viajar y escalar con su vieja Chevrolet Brava de 1973 —a la que llamó Dorotea—, recorriendo la Patagonia, Córdoba, Mendoza y otros destinos.

 Más tarde se formó como guía de montaña y se recibió en 1999.

 Fundó MDQ Expediciones, con la que guió ascensos al Aconcagua, Everest, Manaslu, Cho Oyu, Kilimanjaro, Denali, Elbrus, Mont Blanc, Alpamayo y otras grandes cumbres del mundo.

 También recorrió la cordillera argentina, incluyendo dos cumbres en el Ojos del Salado.

 Durante 20 temporadas, el Aconcagua fue su lugar en el mundo, hasta que nació su primer hijo y entendió que su verdadero lugar es donde pueda verlos crecer felices y con valores.

 El predio La Vigilancia nació en el 2000, de la necesidad de ordenar el acceso a la sierra.

 —Al principio éramos unos pocos de Mar del Plata, pero con el crecimiento del deporte y el boca en boca, el lugar empezó a recibir cada vez más visitantes. Eso generó conflictos con los dueños de los campos por la cantidad de autos en la banquina.

 Así, en diálogo con ellos y con el municipio de Balcarce, comenzamos a gestionar el ingreso, estableciendo un sistema de seguro individual y organizando el uso del espacio.

 Con el tiempo, ese esfuerzo dio forma a lo que hoy es Vigilancia: uno de los centros de escalada deportiva más importantes del país, reconocido por la calidad de sus vías, su roca y por haber sido cuna de grandes escaladores y montañistas.

 El refugio en "la Vigi" se llama Álvaro Paredes, en honor a un compañero de escalada con quien compartió expediciones al Aconcagua y al Cho Oyu.

 Estaban entrenando para subir juntos el Everest, pero Álvaro falleció en Pakistán mientras descendía del G2, en una expedición a la que Pablo no pudo unirse.

 Darle su nombre al refugio fue una forma de mantener viva su memoria en la montaña y en el corazón del lugar que tanto aman.

 —Acá soy muy feliz. Lo único que no me gusta es que me pongan en el rol de “policía” de La Vigilancia. Me costó mucho trabajo y esfuerzo ordenar este lugar, y me enojo cuando no se respetan normas mínimas, como registrarse o usar casco y equipo homologado.

 Para Pablo, ser montañista es mucho más que escalar:

 —Es disfrutar de la naturaleza, aprender a amarla y respetarla, y lograr que ese vínculo se mantenga en el tiempo, incluso cuando no se está en la montaña. Es también disfrutar del momento en la ciudad, mientras se sueña y se planea la próxima salida.

 —Montañista es lo que quiero ser cuando sea grande —dice y se ríe.

 Al repasar la vida de Pablo, da la sensación de que vivió diez vidas en una: una historia de aventura, aprendizaje constante y un amor profundo por la montaña, que inspira y moviliza a muchos que, como él, compartimos ese anhelo profundo de volver a la naturaleza.

 Vuelvo cargado de fotografías, de historias y la energía renovada.

 No hay nada como explorar con mis hijos.

 Esta es la segunda sierra de Manu. Me encanta mostrarle que existe un mundo más allá de lo digital, que hay belleza y sentido también en lo lento, en lo salvaje, en lo vivo.

Relato y fotos de Larralde

@larraldepaisajes