Estoy explorando lagos, bosques y montañas, mientras fotografiando para la serie Entre Paisajes .

 

 Las imágenes de Entre Paisajes flotan entre la realidad y la poesía, entre la emoción y el asombro que despiertan los paisajes patagónicos.

 

 Primer día haciendo fotos en el Nahuel Huapi. Ventoso y muy frío, pero feliz de estar haciendo lo que más me gusta.

 

 Al atardecer, en el kilómetro 14, fui testigo de la primera nevada del año. 

 

 Al día siguiente, por un sendero en Bahía López, dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi, subí el cerro López, en la región conocida como Circuito Chico, para fotografiar el paisaje desde lo alto. 

 

Cada paso entre lengas y rocas me aleja un poco más del mundo… y me acerca a otro tiempo: más lento, más salvaje. Desde allá arriba se ve el brazo Tristeza.

 

 Este brazo del Nahuel Huapi, de origen glaciario, está rodeado por el cerro López, el cerro Capilla y el cerro Capitán. Sus laderas caen abruptamente hacia el lago.

 

 Estoy acá por eso… y por la posibilidad de que un cóndor cruce el cielo, en el momento justo, entre las paredes de los cerros.

 

 Con Entre Paisajes busco capturar eso que no siempre se ve, pero que se siente, ese impulso ancestral que muchos compartimos: el deseo profundo de volver a la naturaleza.

 

 Tuve suerte de ver un cóndor… pero no lo suficientemente cerca. Estoy explorando con un lente 18-135 mm, versátil y liviano, ideal para no cargar con una mochila pesada. Pero esa ave magnífica no voló lo bastante cerca… Hubiera necesitado un 400 mm para retratar algún detalle de su unicidad.

 

 Después de planear unos minutos, se alejó hacia el cerro Capilla.

 

 El mirador del brazo Tristeza es un destino ideal para los que buscamos una experiencia más íntima con la naturaleza, lejos de las rutas turísticas más transitadas.

 

 Arroyo Casa de Piedra

 

 Con Aylen hicimos un trekking hasta el arroyo Casa de Piedra, por un sendero bien marcado que lo acompaña de cerca. Aylen, entre muchas cosas, se dedica al tarot. El sonido constante del agua, el fondo de árboles y cerros nos ofrecían el escenario perfecto, así que aproveché la ocasión para que me tirara las cartas.

 

 Al mediodía caminamos hasta La Oveja Negra, en el kilómetro 13,5 de Bustillo, para comer unas empanadas de hongos de pino y una cerveza artesanal. Más tarde seguimos camino hacia el bosque de Arrayanes, dentro del Parque Municipal Llao Llao. Este trekking, parte del Circuito Chico, es ideal para quienes buscan una caminata corta y accesible en plena naturaleza.

 

 Es un sendero de baja dificultad, apto para familias, niños y quienes se inician en el trekking. Atravesamos un bosque de arrayanes, esos árboles de corteza canela, lisa y fría al tacto, únicos de la Patagonia.

 

 Siguiendo el camino se llega a la costa del lago Moreno, con vistas de los cerros López y Goye y la silueta de la isla de los Conejos. 

 

El sendero se puede recorrer durante todo el año. Es un trekking breve, pero del que es posible volver con imágenes que cuentan sobre el espíritu de la Patagonia.

 

 Valle Encantado

 

 Otro día salí desde Bariloche por la Ruta Nacional 237 rumbo al Valle Encantado, a unos 60 km de distancia.

 

 Durante todo el trayecto hice mil paradas para fotografiar. La luz del otoño en la Patagonia tiene una calidad mágica: suave, dorada, con sombras largas y atmósfera cálida. Los colores ocres, anaranjados y amarillos dominan el paisaje y me resultaban hipnóticos. Cada curva del camino ofrecía una nueva composición.

 Atravesé el río Limay y luego seguí bordeando sus aguas, que serpenteaban entre cerros y rocas, reflejando el cielo azulado en tonos metálicos.

 

 El Valle Encantado, ubicado en la Patagonia norte, se distingue por sus formaciones rocosas caprichosas, esculpidas por siglos de erosión eólica e hídrica. Algunas adoptan siluetas que evocan figuras humanas, castillos o criaturas mitológicas. Es un lugar que, como paisajista, te invita a detenerte y observar.

 

 Trepé un cerro para tener una vista elevada del río Limay. Desde allí, el paisaje se abría en capas: árboles, agua, piedra y cielo.

 

 También estoy haciendo imágenes para lo que será mi primer libro de fotografías, una selección que abarca tres décadas detrás de la cámara.

 

Siete Lagos

 

 Un anochecer llegué a Bahía Manzano, en Villa La Angostura. A la mañana siguiente salí temprano, bajo la lluvia, decidido a hacer el camino de los Siete Lagos sin importar cómo. 

 

Hice dedo y me levantó una pareja de maestros jubilados de Lago Puelo. Me contaron que están cansados de los incendios forestales; por primera vez están considerando mudarse del lugar que aman.

 

 Me bajé en el río Correntoso, uno de los más cortos del mundo, pero con una fuerza que no se corresponde con su tamaño. Nace en el lago Correntoso y desemboca pocos metros después en el Nahuel Huapi, encajonado entre rocas y vegetación. Desde el puente que lo cruza se obtiene una vista privilegiada: una diagonal de agua viva enmarcada por lengas y coihues… y del puente, que permanece a medio reparar, como si el tiempo se hubiera detenido allí.

 

 Después de hacer algunas fotos volví a la ruta para seguir andando hacia el próximo lago: Espejo.

 

 En ese momento volvió a llover copiosamente, así que nuevamente hice dedo. 

 

Después de un buen rato se detuvo un auto con cuatro mujeres. Eran compañeras de trabajo y amigas; me contaron que trabajaban en la municipalidad de Bahía Blanca y, seguramente, esa fue la razón por la que frenaron al verme bajo la lluvia: una forma de agradecer tanta ayuda recibida de parte de los argentinos durante las inundaciones históricas que recientemente sufrió su ciudad.

 

 El lago Espejo se llama así por la tranquilidad y claridad de sus aguas, que reflejan perfectamente el paisaje circundante, como si fuera un espejo.

 

 El lago está rodeado de bosques andino-patagónicos, con coihues, cipreses y ñires que se recortan sobre el agua inmóvil.

Frente a ese espejo natural es fácil comprender por qué los paisajistas se detienen más por lo que sienten que por lo que ven.

 

 Nuevamente volví a la mítica Ruta 40 para continuar la travesía hacia el próximo lago. Empezó a llover más fuerte y ya no era divertido caminar. Además, corría el riesgo de que le entrara agua a mi vieja y querida Canon 70D, así que, una vez más, hice dedo. Esta vez paró una pareja de turistas franceses. Manejaba ella, y parecía más que estuviera en un rally que conociendo los lagos. Llevaban tres meses recorriendo Latinoamérica. Les pregunté cómo los trataban los argentinos y, con una sonrisa bien grande, respondieron que muy bien. Eso me puso muy feliz; me encanta cuando me cruzo con algún viajero extranjero y se sienten bienvenidos.

 

 En el río Ruca Malén fotografié el antiguo puente que cruza sus aguas, muy cerca del lago Espejo Chico. Ese puente formó parte del viejo camino a San Martín de los Andes y hoy sobrevive como un vestigio silencioso de la Ruta de los Siete Lagos. Aunque no está completamente caído, su estado de abandono y deterioro le da un aire melancólico y pintoresco. No es difícil entender por qué ha cautivado la mirada de tantos fotógrafos y viajeros a lo largo de los años. 

 

Buscando resguardo, me refugié un rato debajo del puente de la Ruta 40, esperando a que la lluvia aflojara.

 La serie Entre Paisajes se distingue por la experimentación con largas exposiciones.

 

De nuevo en el camino, esta vez me llevaron al próximo lago una pareja y su hija, nativos de Villa Traful. Me acercaron hasta la bajada a la hostería Siete Lagos, a orillas del lago Correntoso. Estaba un poco ansioso por llegar; no era solo por su belleza magnética, sino más bien para saludar a Mariana Quintupuray.

 

 Hace muchos años conocí a su mamá, Haydee, una mujer muy amable que hacía las tortas fritas más ricas de la Patagonia. Así que cada vez que ando por acá vuelvo a la hostería.

 

 La familia Quintupuray protege este paraíso desde 1890, cuando Juan Antonio Quintupuray y Amaría Treuque decidieron instalarse a orillas del lago. En 1960, a su abuelo Isidoro Quintupuray se le ocurrió construir una hostería para los viajeros que querían descansar en este lugar mágico de nuestra Argentina. Tardó diez años en construirla; traía los materiales en balsa por el lago. La llamó “Siete Lagos”. Hoy, Mariana, junto a su familia, continúa el legado de sus antepasados, amasando y cocinando las tortas fritas más ricas que puedas probar en el sur del mundo. Te recomiendo que, cuando pases por allí, no dejes de probarlas.

 

 Cada estación es única en la Patagonia: los árboles cambian el color de su follaje o directamente se desprenden de él. Realmente es un escenario fantástico para los paisajistas.

 Seguí andando como Kung Fu, caminando hasta el lago Villarino. Más tarde, una pareja de Neuquén se detuvo y me acercó hasta el lago Escondido.

 

 Se llama Escondido porque está oculto desde la ruta principal. Sin embargo, si mirás con atención, se lo puede ver: sus aguas cristalinas, con reflejos azulados y verdosos, destacan entre los densos bosques.

 

 Desde el Escondido caminé unos cuatro kilómetros hasta el lago Falkner. 

 

De todos los tramos, este fue el que más me agotó. Sentí los nueve kilos de la mochila pesando sobre mi cintura, apretando las piernas con cada paso. El cuerpo empezaba a pasar factura. Llegué bien cansado, con hambre de algo caliente y sabroso. Ya pasaban las tres de la tarde. Recordaba un pequeño bar y proveeduría a orillas del lago… pero ya no estaba. Literalmente. Tomé algunas imágenes.

 

 Volví a la 40. Viajar solo tiene algo de conversación interna constante. No es silencio, es diálogo: con los paisajes, con los recuerdos, con uno mismo. Y en ese diálogo, a veces, uno se encuentra más claro que nunca.

 

 En el trayecto me llamó la atención un motorhome azul con un gran ploteo que decía “Expresso Forasteiros”.

 

 Al pasar, los saludé con la mano, sin imaginar que aquel gesto mínimo marcaría el rumbo del día.

 Veinte minutos después, para mi sorpresa, el motorhome apareció de nuevo. Esta vez se detuvo: venían a buscarme. Subí casi sin pensarlo, guiado por una de esas intuiciones que uno elige seguir cuando está en movimiento. 

 

La conversación fluyó de inmediato y fue tan interesante que, cuando llegamos al lago Machónico, decidí no bajarme.

 

 Robson y Cris Forasteiro son del Mato Grosso, en Brasil. Me contaron que él es abogado, trabaja de forma remota gracias a internet satelital, y que tomó una decisión que lo cambió todo: vendió su casa para comprar una Mercedes Sprinter y convertirla en su hogar sobre ruedas. Junto a su compañera emprendieron una travesía ambiciosa: recorrer América durante los próximos tres años, con un destino claro en mente —Alaska—.

 

 Me bajé un par de kilómetros antes de llegar a San Martín de los Andes, justo a tiempo para fotografiar el atardecer sobre el lago Lácar.

 

 Al final del día, el contador marcaba 25 766 pasos. Había recorrido 18,04 kilómetros en 5 horas y 34 minutos. Me sirvió para darme cuenta de que tengo que entrenar más si quiero volver en invierno a hacer un trekking en la nieve con raquetas.

 

 A la mañana volví a hacer unas fotos desde la playa, un par de imágenes antes de iniciar la vuelta a casa en Mar del Plata.

 

 Vuelvo cargado de fotografías y experiencias, con la energía renovada. Me encanta el aire fresco de la Patagonia y la hospitalidad patagónica.

 

 Para mí, la fotografía es búsqueda de sentido, es la construcción de un legado y también significa habitar un territorio donde la magia todavía existe.

 

 

Fotos y relado por @larraldepaisajes