"Urbex" es el nombre que se le da al estilo de fotografía que retrata ruinas y lugares abandonados. Trata de salir a buscar belleza en lo olvidado, capturar el silencio de lo que ya no está. Mostrar cómo el abandono, el tiempo y la naturaleza dejan su huella.
 Busca encontrar poesía en una pared descascarada, en un pasillo sin techo o en un árbol que crece donde antes había una mesa.

 Estoy en las ruinas de Villa Epecuén para explorar y hacer fotografías para la serie Rayanos.

 El Lago Epecuén es un lago natural ubicado en el oeste de la provincia de Buenos Aires, Argentina, a 7 km de Carhué. Es famoso por su altísima salinidad, inclusive mayor a la del Mar Muerto, en Medio Oriente.

Epecuén significa “casi asado”.
 Los mapuches llamaron así al lago por la sensación que deja en la piel: una quemazón intensa al contacto con el agua hipersalina. Este efecto se debe a su altísima concentración de sales minerales —más de diez veces superior a la del mar—.

 En particular, el cloruro de sodio, junto con sulfatos, magnesio y calcio, al entrar en contacto con la piel, especialmente si hay pequeñas heridas, rozaduras o sensibilidad, provoca esa reacción punzante que se percibe apenas uno se sumerge.
 El nombre dado por los pueblos originarios capturó de manera muy precisa y vívida la característica más llamativa del lago.

 Así lo vivió Manu, que tenía varias raspaduras en las rodillas de tanto vivir la vida sin frenos. Se metió un instante y salió corriendo. No volvió a intentarlo en los tres días que estuvimos allí.

 Para que te des una idea de la hipersalinidad del lago: flotar es muy fácil. Podés hacer la plancha todo el tiempo que quieras sin esfuerzo. Lo difícil es volver a bajar los pies para tocar el fondo.

 Alrededor del 1900, un grupo de médicos y científicos analizó el agua del Lago Epecuén y confirmó que tenía propiedades curativas similares a las de famosos centros termales de Europa. Declararon que era una de las aguas más ricas en minerales del mundo.

 Con la llegada del tren, el lago se conectó con Buenos Aires. Fue entonces que comenzó a crecer el turismo. Varios pioneros realizaron obras para recibir a los visitantes que llegaban buscando alivio para los huesos, las articulaciones y la piel.

 El Lago Epecuén es la laguna más grande y la última de un grupo de lagunas conectadas llamado “Encadenadas del Oeste”. Recibe agua de otra laguna, La Paraguaya, y de arroyos que vienen de las sierras de Ventania.
 Como está al final del sistema, su nivel de agua sube y baja según las lluvias y los aportes que recibe.

 En 1975 se construyó el canal Ameghino, una gran obra pensada para equilibrar el nivel de las lagunas de la zona. El sistema funcionaba, pero todo cambió tras el golpe militar de 1976: nadie siguió controlando el caudal.

 A partir de 1980, el nivel del agua comenzó a subir aceleradamente —unos 50 o 60 cm por año—, acercándose peligrosamente al pueblo, a pesar del terraplén que intentaba contenerla. Hasta que llegó el domingo 10 de noviembre de 1985.

 Una sudestada rompió el muro de contención. Ese año habían caído 1500 mm de lluvia, y la laguna estaba al límite.
 El agua empezó a entrar: un centímetro por hora. Los 1500 vecinos no tuvieron opción: en pocos días dejaron sus casas, hoteles y comercios. Se fueron a Carhué, donde se mudó todo el pueblo, en camiones y tractores. La evacuación fue total: incluso se retiraron los ataúdes del cementerio.

 En dos semanas, el agua ya alcanzaba los dos metros y lo cubría todo. Así, sin más, Epecuén desapareció bajo el agua. En 1986, las calles estaban sumergidas bajo cuatro metros. Para 1993, el nivel había superado los diez.

 Pasaron los años. El agua, lentamente, comenzó a retirarse. Y con ella, fueron asomando las ruinas: árboles petrificados, restos de casas, hierros retorcidos y algunos autos que no llegaron a salir a tiempo.

 Un pueblo fantasma emergía. Lo que había sido dolor y abandono, se volvió asombro.


 Epecuén empezó a recibir visitas otra vez, pero ahora por otras razones: su paisaje surrealista, su historia y la memoria de la fuerza de la naturaleza que sumergió un pueblo entero bajo el lago que alguna vez le dio vida.

 Flor, Abril, Manuel y yo caminamos por la avenida principal, intentando responder a la lluvia de preguntas de los chicos.
 Por suerte, algunos carteles explicaban qué había sido cada edificio: el almacén, la carnicería, el Gran Hotel Epecuén.

 Entre cascotes llegamos a la plaza de juegos. Desolación y melancolía. Aquí debería haber niños jugando.

 Fotógrafos, documentalistas y viajeros de todo el mundo llegan a Epecuén atraídos por su estética postapocalíptica.
 En mi caso, fue un video de Red Bull lo que despertó mi interés: en 2014, el ciclista Danny MacAskill recorrió con su BMX los restos de la villa, saltando entre las estructuras destruidas. El paisaje devastado me impactó.

 Diez años después, estoy acá, capturando imágenes con mi cámara. En los días siguientes, regresamos cinco veces a las ruinas en diferentes horarios para registrar los cambios de luz. También las exploramos de noche.

 Una tarde, al llegar a las ruinas, nos encontramos con un pequeño puesto callejero de fotografías.
 Detrás de las imágenes está Fernando Tamburri, con su proyecto El patio de atrás: postales y fotos imantadas para pegar en la heladera.
 Charlamos un buen rato sobre fotografía y la vida nómada. Los chicos eligieron una foto cada uno y continuamos la exploración de la villa.

 Al día siguiente nos dirigimos al Museo de Villa Epecuén, que funciona en la ex Terminal de Ferrocarril. En el camino, paramos a fotografiar la que fuera la casa de Don Pablo Novak, el último habitante de Villa Epecuén.

 Nacido en 1930, Don Pablo vivió toda su vida en Villa Epecuén y trabajó en la fábrica de ladrillos de su familia.
 Cuando el agua retrocedió en 2009, regresó a las ruinas y se convirtió en una figura icónica, recorriendo las calles en bicicleta con su perro y compartiendo historias con periodistas y visitantes.

 En 2020, fue nombrado Embajador Cultural y Turístico de Adolfo Alsina por su labor como testimonio viviente de la historia local.

 Falleció el 22 de enero de 2024, a los 93 años, en Carhué, donde fue velado antes de que sus cenizas fueran esparcidas en las ruinas de Epecuén, tal como había pedido.
 Su partida marcó el fin de una era: luego de su muerte, Villa Epecuén pasó a estar oficialmente declarada pueblo desierto.
 Aparece al inicio del video de Red Bull, pedaleando entre ruinas con su perro: un testimonio vivo entre los escombros.

 El museo exhibe fotografías, objetos personales, periódicos y testimonios de antiguos residentes.
 De entre las muchas imágenes de la inundación, una se me quedó grabada. En la foto se ve a varios vecinos en la cima de la torre de agua, la edificación más alta de la villa, esperando a ser rescatados.
 La imagen transmite una sensación de desesperanza y urgencia como pocas.

 Otro día, al atardecer, volvemos al lago, pero esta vez por el camino del viejo cementerio, buscando capturar una escena extraordinaria.

 A simple vista, el Lago Epecuén parece un lugar sin vida: un desierto líquido, blanco y quieto.
 Sin embargo, bajo su superficie salada, en un mundo oculto, prosperan seres diminutos capaces de resistir condiciones extremas: algas microscópicas y pequeños camarones que contienen un pigmento especial llamado carotenoide.

 Y es por eso que, en la hora dorada, el lago se llena de flamencos australes. Abril y Manu están maravillados.

 Cientos de flamencos caminan con lentitud ceremonial, filtrando el agua salobre con sus picos curvos en busca de ese alimento mínimo.
 Con el tiempo, mediante una alquimia biológica, sus cuerpos transforman los carotenoides en color, tiñendo lentamente sus plumas y sus largas patas de un rosa vibrante, una pincelada de vida en medio del paisaje silente.

 En lo más inhóspito, la naturaleza nos vuelve a sorprender.

Fotos y relatos por @larraldepaisajes